Adolescentes en series televisivas. Manejar el concepto de libertad y ser «uno mismo».

Escrito por Franco Olearo | familyandmedia.eu/es

Una vez, hace mucho tiempo, retransmitían Happy Days: la serie se estrenó en los Estados Unidos en 1974, pero hablaba de los años 50, vistos como un legado feliz de un pasado cercano; hablaba de una época en la que la discusión entre padre e hijo nunca se convertía en disputa, en la que se buscaba el amor, ese que duraba toda la vida, y en la que la amistad era un valor inviolable y sin ambigüedades. La simpatía de los personajes y el final feliz con el que terminaba cada episodio eran la expresión de una sociedad orgullosa de sí misma, que pensaba en positivo y planificaba un futuro donde la familia jugaba un papel clave. En los últimos episodios de esta saga pluridecenal, los personajes adolescentes que se habían hecho adultos sellaban su cambio de estado con dos eventos bien definidos, uno público y otro más relacionado con la esfera privada: el servicio militar y el matrimonio.

A finales de los años 90, el desafío de los movimientos juveniles y la revolución sexual esbozaron un nuevo tipo de adolescente mucho más libre, independiente de las referencias normativas que pudieran derivarse de la familia y de la sociedad. Es entonces cuando las series Dawson Creek (1998) y The O.C. (2003) se convierten en los cimientos de lo que se ha denominado la edad de oro del teen drama (en compañía de One Tree Hill, Everwood, Beverly Hills 90210, Joan of Arcadia, High School Musical y muchos otros).

Dawson Crece ha caracterizado de forma particular este período: se representan las dificultades de los adolescentes en el proceso de crecimiento y maduración, mientras tratan confusamente de dar sentido a esa libertad que han conquistado y que exige a la vez un compromiso.

Mientras tanto, en Italia, durante esos años se imitaban los formatos españoles y se hacían intentos por mostrar una gran familia alargada o una no-familia con Los Cesaroni y Un médico en familia, donde el abuelo Libero tenía que cuidar de 3 jóvenes el sólo. En estas series se reflejaba la propagación de la convivencia y la precocidad de las primeras experiencias sexuales.

Llegamos así a los años más recientes: después del período de la orgullosa construcción de una sociedad sólida, que ve en la familia su piedra angular, y después de la larga temporada de transición caracterizada por una dolorosa incertidumbre a lo Dawson crece, se llega a la época actual, la de la consolidación.

La serie más representativa de esta nueva fase es Glee, que puede ser considerada como la expresión madura de una sociedad post-cristiana fundada en el individualismo. Tras el enorme éxito obtenido en América y en todo el mundo, Glee se ha emitido en la televisión italiana primero en el canal Fox y luego en Italia 1 (la tercera temporada se espera para el 2012); aparentemente se presenta de forma bastante agradable gracias a su estructura, similar a un musical. Pero también es la serie más ideológicamente explícita en la introducción de un nuevo modelo de antropología individualista.

Los protagonistas de Glee son un grupo de muchachos de instituto, a los que sus compañeros consideran perdedores por diversas razones, y que encuentran un elemento de cohesión y una razón para luchar y ser ellos mismos en el «Club Glee», el grupo de canto de la escuela dirigido por un joven profesor de español.

Glee crea, episodio tras episodio, una nueva tabla de valores. La ley principal que rige el comportamiento de cada uno es «la auto-realización» y bajo esta perspectiva no sólo se pide el máximo respeto por las propias decisiones, sino que además la serie cultiva la ilusión de que cualquier elección es legítima, completamente indiferente, sin consecuencias; falta la búsqueda de valores que se pueden compartir, ya que no existen. La serie presta mucha atención hacia los menos afortunados (uno de los protagonistas está en una silla de ruedas y otro tiene síndrome de Down) y hacia ellos muestra respeto en lugar de amor.

La homosexualidad (tema ampliamente desarrollado en la serie, probablemente porque el autor es abiertamente homosexual) se presenta como una elección individual libre e indiferente; el momento adecuado para decidir es precisamente el más delicado, la adolescencia, donde cada uno debe entender cuál es su «vocación». Es inútil añadir que, de acuerdo con este enfoque, la sexualidad se concibe como una forma de expresión en sí misma, separada de cualquier función procreadora y de cualquier tipo de estabilidad. En un episodio dedicado íntegramente a este tema (el número 15 de la segunda temporada) la suplente Holly, que organiza un curso de educación sexual para los chicos, dictamina que «hablar de castidad a los jóvenes es como proponer una dieta vegetariana a los leones».

 

Un camino directo a la ideología de género, cuyas bases en el terreno del loby gay internacional, se explica en este libro

Entre las cosas que la serie expone de modo negativo se encuentra la fe religiosa. El episodio 3 de la segunda temporada, dedicado a este tema, concluye con la observación de Kurt (el protagonista homosexual) que afirma que es mejor hipotizar que Dios no existe, ya que, si existiera, deberíamos pensar que se trata de un ser muy cruel.

En conclusión, el panorama que ofrece Glee, a pesar de su superficie cantarina, es muy triste: estos adolescentes en el esfuerzo por realizarse a sí mismos se basan en criterios personales autónomos, no tienen la humildad de escuchar y de confrontarse con el mundo exterior, les falta la honestidad de reconocer sus errores y el impulso para tratar de mejorar.

La nueva temporada televisiva se caracteriza por la emisión en Rai 1 del tercer año de Tutti pazzi per amore, otra serie italiana que se ha ganado una cierta simpatía por parte del público; también ha sido comparada con Glee, porque los personajes cantan en dúo canciones famosas y porque adopta un estilo muy personal al tratar temas sensibles y delicados con un tono ligero y alegre.

Inicialmente nació como una serie «familiar» del tipo Médico de familia, pero con la intención declarada de destruir el concepto de familia. Pasado el tiempo la serie se ha caracterizado cada vez más como una variación infinita del tema de la comedia romántica americana (de la que copia a menudo historias y situaciones) que se narra en torno a los dos protagonistas adultos (¿adultos?) y a un grupo de adolescentes que tienen en común su inevitable rendición ante el poder de Cupido.

Si se confirman las tendencias de las dos últimas temporadas de la serie, el amor quedará consagrado, según muestra el título, como algo que es esencialmente un impulso ciego y donde la voluntad no tiene ningún papel. De hecho, frente a los dilemas sentimentales (que a menudo se reducen a cuestiones de sexo tratadas con una cierta tendencia a la vulgaridad absurda) los adultos renuncian al papel educativo y de autoridad y confirman su equivalencia ante la inevitable confusión de los sentimientos. El amor desbordante, pero a menudo auto-referencial y narcisista, que no puede ni debe hacer distinción de edad o sexo (la normalización de la homosexualidad es explícita) se aprovecha de las grandes narraciones de la tradición romántica del amor omnia vincit, pero luego las traiciona en beneficio del consumismo replicable del sentimentalismo contemporáneo.

Tutti pazzi per amore es interesante porque pone de relieve la otra cara de la moneda de esa sociedad individualista, patrocinada por las nuevas series: los protagonistas, absolutamente libres de cualquier vínculo o imposición externa, acaban convirtiéndose en esclavos de una forma de amor que no es amor sino que es sólo pura fuerza instintiva, declarada como incontrolable.